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Alguien dijo que los viajes se viven muchas veces porque se repiten una y otra vez al recordarlos y este es uno de esos lugares que impresiona de entrada: Valle de la luna. Un área protegida que se encuentra a tan solo 10 km del casco urbano de la ciudad de La Paz, Bolivia. Su nombre no es ninguna casualidad, no fue puesto por un gurú del marketing para impulsar el turismo; su nombre fue dado por el mismo Neil Armstrong, primer hombre en pisar la luna, quien al visitar este lugar por su parecido con los paisajes lunares lo nombró así.

Ya sabiendo esto no me podía perder este lugar por nada del mundo; sería lo más cercano a estar caminando en la luna, mi compañera nocturna preferida.

Tomé un bus colectivo que se dirigía a Mallasa, fue fácil identificarlo y mientras hice el recorrido aproveché para conocer otros sectores de la ciudad que no había visitado. El paisaje desde la ventana se veía con un tono ocre, alrededor las construcciones tienen este mismo tono así que no resaltan sobre el paisaje, se vuelve como una mezcla de tonos tierra, como una preparación de arcilla, arena, ladrillo, a la que además le agregaron un tinte amarilloso y otro rojizo; así mientras mezclaron todos estos ingredientes surgieron las diferentes tonalidades del lugar.

El trayecto fue corto y el bus me dejó justo en frente de la entrada del valle que estaba adornada con cactus de San Pedro, conocido y usado por los indígenas de la región como un medio para comunicarse con sus ancestros y hacer viajes astrales. Esto ya era un símbolo que me daba una información interesante antes de ingresar.

– Al cruzar la puerta voy a viajar a la luna – pensé con emoción; así que empecé la caminata por un sendero que conducía al interior del valle. Todo alrededor se tornó más alto que yo, unos estoraques inmensos tallados por el viento y con formas asimétricas adornaban el lugar. El paisaje era color ocre y parecía en un laberinto natural, un lugar perfecto para perderse y dejarse guiar por el instinto. Algunos puntos del camino tenían acceso a miradores para divisar desde lo alto este laberinto impresionante. Era increíble.

Continué caminando entre este desierto lunar, detallando el lugar, las texturas, sintiendo el agite de mi corazón por la altura a la cual no estaba acostumbrada, hasta que un rápido colibrí llamó mi atención, su colorido era despampanante en este lugar y él se lucia volando por todos lados. Alguien dijo alguna vez que los colibríes son los mensajeros de los sueños; otro símbolo para este viaje lunar.

Seguí el camino sin dirección alguna, solo persiguiendo cualquier detalle que llamaba mi atención. De pronto la magia empezó a suceder. Una suave melodía se empezó a escuchar alrededor, música andina que parecía producida con una quena (instrumento de viento parecido a una flauta). No podía creerlo, así que caminé un poco más rápido tratando de ubicar de donde venía esta hermosa música, hasta que la encontré: En la cima de una de estas magnificas formaciones, estaba un habitante de la zona, casi inmóvil, con un pie firme hacia adelante y el otro apoyado atrás, como un conquistador de la luna que sabía lo que hacía. Estaba a una altura que a cualquiera asustaría, vestía una ruana larga y colorida que se elevaba con el viendo como llevando las notas musicales a otras dimensiones, el cielo azul decorado con nubes blancas era el fondo que le acompañaba y el sol se unió a esta escena dando brillos en estas formaciones arcillosas alrededor. No pude pronunciar palabra alguna al encontrarme con esta magia de frente, solo tomé una profunda bocanada de aire y pensé: – esto es increíble- me quedé como detenida en el tiempo, disfrutando del paisaje y de esa música que se esparcía por todo el valle rompiendo su silencio con tanta calidez, armonía y respeto, que lo hacía parte de él.

 

Así fue mi recorrido por la luna en la tierra, en una conexión del aquí y el ahora, en una apertura a recibir los mensajes y sus señales, porque ahí están siempre, frente a nuestros ojos. Solo hace falta observar con el corazón, estar presente cada segundo de vida y aprovechar el tiempo, ese valioso tiempo que tenemos de regalo cada día, cada noche, ese tiempo que había perdido su valor y que ahora se ha multiplicado.

Alguien también dijo: “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”. ¿Cómo vas a vivir los próximos años?

Alguien también dijo: “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”. ¿Cómo vas a vivir los próximos años?

Datos de interés:

El acceso se realiza desde la ciudad de La Paz, en la vía a Masalla, por la zona de Calacoro, al sur de la ciudad.

Es importante llevar agua para la hidratación, pero es más importante aún llevar todos los sentidos dispuestos a descubrir este lugar y también a dejarse descubrir por este.