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En los viajes de ecoturismo la batalla más fuerte se debate con la mente y este caso no es la excepción. Constantemente me pregunto: “¿Si lo lograré?”. Por momentos lo pongo en duda pero vuelvo a esa batalla conmigo misma y me respondo en voz alta: “Si puedo, fuerza Bi”.

 Partimos desde Cusco rumbo al pueblo de Cusipata. Desde allí continuamos por una carretera pasando por diferentes comunidades campesinas como Ocefina, Japura, Hanchipacha, hasta finalmente llegar a un caserío de la comunidad Pampa Chiri. En este punto termina la carretera e inicia  la caminata de aproximadamente 6 kilómetros por los Andes peruanos hasta el cerro Winikunka o como también es conocida Vinicunca, montaña de los 7 colores, cerro colorado o montaña arcoíris; el nombre al final no es tan importante; lograr llegar hasta la cima donde está el aviso con el nombre a 5.036 msnm; ese sí es todo un reto.

La altura en la que nos encontramos se hace sentir. Basta con dar unos cuantos pasos y el corazón se acelera a millón. A la distancia alcanzo a ver unos puntos en fila sobre la montaña. Son viajeros que nos llevaban unas cuantas horas de recorrido. Respiro profundo, tomo en mis manos una pequeña botella de agua de florida (plantas medicinales para el mal de altura), porque con los primeros pasos me doy cuenta que la voy a necesitar.

A paso lento pero seguro voy avanzando por un camino marcado por tierra árida, con unas partes de pasto verde  disperso y en frente, más arriba; unos picos nevados que surten de agua el lugar. Unos hilos blancos se cruzan por estas montañas que hacen una obra de arte perfecta y que invitan a pensar en cómo es posible que tanta belleza esté junta en un solo lugar.

Tan solo llevo unos cuantos metros y me encuentro con los campesinos y sus caballos a la orilla del camino incitando a que los contrate: «Esa subida es muy dura, falta mucho, mejor a caballo, mire todo lo que le falta» dicen con su acento marcado. Estoy segura de que puedo lograrlo así que me despido y continúo.

Logro llegar a la segunda base de los campesinos. Los encuentro con sus trajes de colores y bordados que resaltan sobre las telas, unos sombreros tan bien decorados que llaman por completo la atención, las mujeres con sus faldas “repolludas” y todos al lado de sus caballos. Esta vez el precio del alquiler es mayor. Se fijan en cómo van los viajeros y muy astutos empiezan su estrategia de venta: “No va ni en la mitad, mejor a caballo”. Me giro y veo todo lo que he avanzado, ya no veo el caserío del que partí y si es cierto que no voy ni en la mitad me doy cuenta que va a ser más retador de lo que esperaba. Hago una pausa para descansar y veo cómo la disponibilidad de caballos se va agotando. Alcanza a pasar por mi mente la posibilidad de contratarlo, pero la elimino de inmediato; así que me pongo en pie e inicio la caminata nuevamente. Decido dar gracias por cada paso que puedo dar y por descubrir estas nuevas tierras con mis pies. Una gran motivación para continuar caminando.

El sol es intenso, pero el viento frio nivela la temperatura. “Lo puedo lograr, lo voy a lograr” Repito una y otra vez.

Por fin logro llegar a una bifurcación. El camino se divide para seguir al valle rojo. Varias montañas bañadas en un color rojo que se va desvaneciendo hasta mezclarse con el arcilloso de la tierra o el verde del pasto.  La vista desde allí es maravillosa y ya me siento orgullosa de lograr llegar a este punto.

Aún falta la parte más empinada y de mayor altura. La respiración se hace más evidente y por momentos se acelera. Los pasos deben ser más lentos  así que este último trayecto toma un buen tiempo.

Llego a una escalinata y desde allí ya alcanzo a ver unos cuantos colores sobre la tierra. Quiero avanzar más rápido pero es imposible. Hago una pausa y justo en ese momento escucho a una señora diciendo: “Ya desde aquí veo los colores, para que voy a subir hasta por allá” así que no logro contenerme y le respondo: “¿Es en serio?, tan solo gírese y mire cuanto ha avanzado para que al final, cuando está a punto de lograrlo decida desistir y no llegar hasta la meta. Yo por lo menos no quiero que me lo cuenten, lo quiero vivir.” Así que levanto mi mirada y empiezo  a subir escalas, una a una hasta la cima donde me encuentro con el letrero que nombra esta obra de arte natural: Winikunka.  En este momento no sé qué me emociona más, si el haberlo logrado o el paisaje exuberante alrededor, porque desde la cima se tiene una vista 360° del lugar: Pequeñas lagunas, verdes montañas, caminos arenosos, valles rojos, valles verdes, picos nevados, riachuelos blancos y una montaña bañada en 7 colores; como si el artista hubiese decidido vaciar sus baldes de pintura en estos picos para hacer esta obra aún más increíble.

No sé tampoco si la señora finalmente llegó hasta la cima, lo que sí sé es que me enseñó que por más difícil que sea el camino, la recompensa está en disfrutárselo y que si se tiene claro a donde se quiere llegar, la vista desde allí siempre será maravillosa cuando se logre esa meta.